Historias de Avistadores de Aves

jueves, 24 de abril de 2014

Páramo viernes 18.04.2014

A media mañana

Una colonia de Aviones roqueros, Ptyonoprogne rupestris, en un acantilado. Dorso oscuro, vientre pardo o beige claro, cola escotada. Van a tal velocidad y se acercan tanto, que es difícil seguirlos con los prismáticos. El vuelo del acantilado es sobre todo de planeo, gestionando las corrientes de aire verticales que se dan en el acantilado, por diferencias de temperaturas, para subir o bajar o cernirse pudiendo realizar maniobras de mucha precisión entre las grietas del acantilado, a la hora de posarse o subiendo a grandes alturas para lanzarse en un planeo fulgurante al bosque de la base del acantilado. Aterrizan sobre resaltes del acantilado posándose suavemente, utilizando las rémiges y rectrices para ello. Ni siquiera dan un breve salto final, se posan muy suavemente.  

Los nidos están enclavados en pequeños agujeros de la roca, en los lugares más inaccesibles de ella, lejos del suelo y del techo, en zonas muy pulidas y resbaladizas para cualquier depredador de pelo (garduña o comadreja) y muy pequeñas para un depredador de pluma (halcón). No lo tendrán fácil sus escasos depredadores. 

La colonia compuesta en estas fechas por una decena de individuos, caza efectuando rasantes continuamente a lo largo del eje del acantilado, aunque, de vez en cuando, planean por los bosques del suelo del acantilado o por el páramo que hay en su techo. Entonces, para volar, utilizan su propia energía, dando aleteos largos que alternan con planeos. Cazan el cielo del bosque y el páramo dirigiéndose enseguida a la colonia, que es el foco desde el que se irradian los viajes, cortos por lo demás, a otros hábitats. En el acantilado pueden incluso suspenderse sobre un punto con las alas cuasi plegadas, así que controlan tanto el vuelo vertical en ambos sentidos del eje como el vuelo cernido, como el aterrizaje suave en medio de turbulencias, como el vuelo a gran velocidad entre las lajas cortantes del acantilado, así como en el eje horizontal con aleteo. Pueden volar a gran velocidad describiendo lineas curvas o rectas, dando cambio bruscos del nivel, o pueden estar en completo reposo suspendidos, sin aleteos y con las alas casi plegadas. Ciertamente son unos grandes voladores. 

Un Colirrojo tizón Phoenicurus ochruros, macho sobre el ápice de un enebro en el límite del páramo con el acantilado.

Bandos de Buitres Gyps fulvus, volando veloces en planeo hacía el valle. Otros bandos merodean por las inmediaciones y bajan mucho hasta nuestra posición tanto, que Melita les persigue y ladra.

Cuatro Chovas piquirrojas Phyrrocorax phyrrocorax, jugando por parejas, dando vuelos acrobáticos, kian, se mueven en el espacio que hay a unos 20 m de los acantilados pudiendo dar batidas por el páramo sin posarse al menos en estas fechas. Les interesa más el juego que el alimento. 

Un Águila real Aquila chrysaetos, con dos manchas blancas en la parte superior de las alas, merodea unos metros por encima del bosque montano. Desaparece al poco rato. 

En el bosque de pino silvestre:  Pinzones Fringillia coelebs, en celo, Mosquitero común Phylloscopus collybita y papialbo Phylloscopus bonelli, en celo, Carbonero garrapinos, Periparus ater, no se oye su canto de celo.  

Ninguna presencia, ni en el erial, ni en el roquedo interior. Dos aves pequeñas sin identificar en los espinos, las reseño para dar idea del movimiento que hay en ellos.  Los espinos están bastante verdes.

Una Tarabilla macho, Saxicola rubicola en una masa abandonada en el ápice de un enebro, bien visible. 

Unas pocas Totovías Lullula arborea, cantan en un canto de precelo y vuelan.


Ninguna presencia más en el páramo. Los gamones, de un palmo, tiñen de un verde oscuro el marrón invernal del páramo.